jueves, 10 de febrero de 2011

De testimonios y traducciones

Los testimonios son traducidos, de eso no existe la menor duda: se piensa que todo testimonio requiere de una traducción, llámese interpretación, querer decir, sentido oculto, etc. No hay, por supuesto testimonio puro, si ha pasado por la experiencia del lenguaje, de la representación simbólica, significa la elaboración de una experiencia, que bien hay que comprenderla como histórica, social y discursiva. Mucho se ha escrito también sobre el lugar del testimonio de víctimas y sobrevivientes, quién lo convoca, a quiénes se escucha, qué se escucha, etc. Pero nuestra preocupación es esa necesidad de la traducción del testimonio, ¿por qué se traduce? o mejor ¿por qué es necesario traducirlo? Acaso el testimonio de víctimas y sobrevivientes carga con una falta que hay que llenar, con un querer decir que no puede ser dicho por el mismo testimonio y desde afuera se debe llenar, se debe cargar de sentido. Pero esto mismo no es acaso el desconocimiento del testimonio, su traducción en lenguajes jurídicos o psicológicos -solo por citar algunos-, no hace perder su singularidad, la traza que le da existencia a esa experiencia.
El testimonio desborda esos lenguajes, y ellos lo quieren restringir en unos universales generales. Claro es una paradoja entre lo singular y lo universal. Entonces esto no significa encontrar una solución a esa paradoja, pero al menos poder pensar que se abren otras posibilidades. Una de ellas es la imposibilidad total de la traducción, siempre el núcleo, o los márgenes mismos del testimonio no se dejan traducir, lo que significa que hay que volver al testimonio una y otra vez, no habitarlo, sino dejarse habitar, que su lenguaje discurra. Por supuesto esto suena más a una prescripción, a una prerrogativa, habría que aventurar una ruta metodológica. Pero la menos tenemos nombrado el abismo sobre el cual algo se debe pensar.

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